Para ti Rom

Your dying Heart by Adrian von Ziegler on Grooveshark
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lunes, 30 de enero de 2012

La caida de Constantinopla en la leyenda.

Asedio de Constantinopla



La caída de Constantinopla supuso un trauma para la cristiandad. El impacto psicológico de aquella derrota cristalizó en una serie de leyendas que todavía circulan hoy por el Mediterráneo Oriental. Las huellas de la caída de Constantinopla, lejos de haberse disipado, todavía están hoy mas vivas que hace quinientos cincuenta años. Os hemos realizado una selección de estas leyendas, suficientemente ilustrativas para describir la mentalidad de aquellos tiempos.

Mahomet II

Las leyendas dicen mucho más que el frío relato de los hechos históricos. El universo legendario nos dice mucho sobre lo que supuso para Occidente y, muy especialmente para Grecia, la caída de Constantinopla. Los griegos y muchos europeos, se negaron a creer que Constantinopla hubiera caído en poder de los turcos el 29 de mayo de 1453. Las leyendas y poemas que circularon en los años siguientes en Grecia denotaban esta incredulidad y aspiraban a una inmediata reconquista.

En una de estas leyendas, un sacerdote estaba friendo unos peces cuando le comunicaron que había caído la capital de Bizancio. El sacerdote explicó que eso era tan improbable como que los peces que estaba cocinando saltaran del aceite hirviendo y volvieran al agua. Pero el milagro se produjo y esos peces, a medio freir, esperan, en una fuente de Constantinopla, que otro sacerdote termine de cocinarlos el día en que los griegos recuperen la ciudad.

Otra tradición habla de que, cuando los turcos irrumpieron en el recinto de Santa Sofía, el sacerdote que oficiaba la misa logró huir con los objetos sagrados. Los turcos registraron toda la catedral sin lograr hallarlo. Y, dice la tradición, que cuando los griegos –cuando Europa- recupere Constantinopla, el sacerdote saldrá de su escondite y terminará la liturgia sagrada.
 Estas dos leyendas, urdidas a finales del siglo XV, demuestran las esperanzas que se forjaba Europa de recuperar, en breve, los territorios ocupados por los turcos.

Otra vieja tradición cuenta que al caer Santa Sofía, los griegos desmantelaron el altar mayor de la catedral y lo embarcaron rumbo a Occidente. Pero al adentrarse en el mar, el casco del navío se abrió y el altar se perdió en el mar. Se dice que en el lugar donde ocurrió el episodio, en el mar de Mármara, las aguas siempre están tranquilas. El altar espera para reaparecer, el día en que se libere a la ciudad del poder turco y pueda volver a cantarse misa en Santa Sofía.

Otra vieja leyenda bizantina es similar a las que circularon en todo Occidente sobre el “rey perdido”, no muerto, pero sí desaparecido que espera la hora del combate final contra las fuerzas del mal para retornar de su exilio. Se decía, por ejemplo, que Constantino XI Paleólogo no murió en la defensa de Constantinopla sino que, cuando estaban a punto de derrumbarse las defensas, un ángel salvó el emperador y lo deposito en una cueva, desde donde espera el momento para liberar por la fuerza de sus armas, la ciudad sagrada.

Constantinopoli
(Colección (www.Babaros.biz) Turk Denizcilik Tarihi Sitesi -23
Cortesía del Muhteşem Denizcilik Tarihimiz
Besitkas, Istambul-Türkiye)

Lo realmente sorprendente es que los otomanos del sultán Mejmet II, aspiraban a ser los verdaderos herederos del Imperio Romano, del cual, su continuación en Oriente, era el Imperio Bizantino. Mejmet II aspiraba incluso a conquistar Roma y reunificar el antiguo imperio. La muerte le impidió desarrollar este ambicioso proyecto. Además, creían que bajo la cúpula de Santa Sofía se encontraba la tumba de un sobrino de Mahoma. Una tradición islámica afirmaba que, cada vez que los bizantinos abordaban la construcción de la cúpula de Santa Sofía, ésta se desplomaba. La calidad del mortero utilizado solamente podía mejorarse utilizando la saliva del Profeta. Enviados unos mensajeros del emperador para traer a Constantinopla, la saliva de Mahoma, éste accedió a entregársela, argumentando que algún día aquella iglesia se convertiría en mezquita.

Mahomet II parte de Edirne hacia la conquista de Constantinopla.
Edirne Kustama (1903) Fausto Zonaro
Dolmabahçe Sarayi - Istambul,Türkiye

Durante siglos se había considerado a Constantinopla como dotada de murallas inexpugnables y temibles defensas reforzadas por el famoso “fuego griego”. Se creía que Dios y la Virgen María habían participado en la construcción de estas defensas y que la ciudad estaba protegida por los Cielos. A pesar de que, a mediados del siglo XV, el Imperio Bizantino había perdido todo su esplendor y se encontraba reducido a la mínima expresión, el impacto que causó su caída en Occidente fue tremendo. Aquel episodio histórico marcó el fin del medievo europeo y el inicio de la Edad Moderna (que en España se retrasó hasta la toma de Granada). Se iniciaban dos siglos en los que Europa debería mirar a sus fronteras del Sureste permanentemente amenazadas por las vanguardias otomanas, incluso después de la victoria de Lepanto.

Rumeli Hisari desde el Bósforo

La construcción de Rumeli Hisari se realizó en sólo cuatro meses y se calcula que participaron unos 3.000 hombres. A su término, se estacionó una guarnición de 400 soldados con unas 100 piezas de artillería. Estos cañones, sumados a los de Anadolu Hisari en la orilla asiática, hicieron que los turcos terminasen por controlar el acceso por mar al Cuerno de Oro. Al ser conquistada la ciudad, estas fortalezas comenzaron a perder importancia estratégica y se destinaron a otros usos, en concreto al de cárceles, sobre todo con presos políticos y de guerra.

Anfiteatro Helénico en el interior de Rumeli Hisari

Después de 1833, la fortaleza quedó abandonada, pudriéndose la mayoría de la madera y entrando en una fase de deterioro y ruina, con derrumbe de algunos techos y otras partes del muro. Con motivo del 500 aniversario de la toma de la ciudad, se inició su restauración y hoy es un lugar de visita obligada. En su interior se conserva un anfiteatro helénico donde tienen lugar diversos festivales, así como también el Museo al Aire Libre de Estambul.

 Anadolu Hisari
© Copyright by Resimcity.NET Resim Galerisi

La caída de la ciudad fue particularmente lamentada en el antiguo Reino de Aragón, que había enviado una guarnición aragonesa a Constantinopla, al mando de Peré Juliá, el cual fue ejecutado por los turcos. Otros aragoneses residentes en la ciudad sufrieron el mismo destino, como el cónsul Joan de la Via y su familia. La caída de Bizancio solamente tuvo una consecuencia positiva para Occidente. Muchos intelectuales bizantinos lograron huir de los saqueos y las destrucciones y alcanzar las ciudades italianas desde donde trajeron documentos y conocimientos de la antigua filosofía griega, neoplatónica y alejandrina y ejercieron como profesores de griego, realizando las campañas que estuvieron en su mano para organizar una campaña que liberara a la ciudad. No es por casualidad que el Renacimiento irrumpió en Italia al cabo de unas décadas y que, en particular, floreció el humanismo mágico gracias al redescubrimiento de la antigua filosofía griega.

 El Cuerno de Oro, con Pera a la derecha
(Colección Osmanli Kartpostal -63Cortesía del Muhteşem Denizcilik Tarihimiz
Besitkas, Istambul-Türkiye)

Pero esta fue la única consecuencia positiva. A cinco siglos de la caída de Constantinopla, estas leyendas nos dicen mucho sobre lo que supuso éste acontecimiento histórico. En Grecia estas leyendas todavía circulan y existe la sensación de que Turquía es una nación usurpadora, creada sobre el expolio del Imperio Bizantino. En países como Bulgaria, subsiste el rechazo a todo lo que es turco y en los países eslavos “el turco” sigue siendo hoy el adversario que fue ayer. Parece como si quinientos cincuenta años de historia no hubieran podido cambiar mucho las ideas anidadas en la psicología profunda de las poblaciones. Y es que la brutalidad de la ocupación de Bizancio y la represión que siguió grabaron a fuego en la mentalidad de las poblaciones, el rechazo a todo lo que procede de Turquía.

Fuente: Ernesto Milá.

lunes, 16 de enero de 2012

Primera Cruzada: El principio del fin de Bizancio.

Carga catafracta.

En general, se denomina como Cruzadas a la serie de campañas, comúnmente militares, que a partir del siglo XI se emprendieron desde el Occidente cristiano contra los musulmanes para la recuperación de Tierra Santa. Estas campañas se extendieron hasta el siglo XIII y se caracterizaban por la bendición que les concedió la Iglesia, otorgando a los particulares indulgencias espirituales y privilegios temporales a los combatientes. El origen de la palabra se remonta a la cruz hecha de tela y usada como insignia en la ropa exterior de los que tomaron parte en esas iniciativas.

Para poder comprender qué razones tenía la historia de Europa y del Oriente  Próximo para tomar semejantes rumbos,  debemos remontarnos a los años  inmediatamente anteriores al comienzo del  fenómeno cruzado y ver qué estaba  sucediendo en el mundo de aquel entonces.

En torno al año 1000,  Constantinopla se erigía como la ciudad más  próspera y poderosa del mundo conocido.  Situada en una posición fácilmente  defendible, en medio de las principales rutas  comerciales, y con un gobierno centralizadoy absoluto en la persona del Emperador, además de un ejército capaz y profesional, hacían de la ciudad y los territorios gobernados por ésta (el Imperio Bizantino) una nación sin par en todo el orbe. Gracias a las acciones emprendidas por el Emperador Basilio II Bulgaroktonos.

Basilio II Bulgaroktonos.

Los enemigos más cercanos a sus fronteras habían sido humillados y absorbidos en su totalidad. Sin embargo, tras la muerte de Basilio, monarcas menos competentes ocuparon el trono bizantino, al tiempo que en el horizonte surgía una nueva amenaza proveniente de Asia Central. Eran los turcos, tribus nómadas que, en el transcurso de esos años, se habían convertido al Islam. Una de esas tribus, los turcos selyúcidas (llamadas así por su mítico líder Selyuk), se lanzó contra el "infiel" Imperio de Constantinopla. En la batalla de Manzikert, en el año 1071, el grueso del ejército imperial fue arrasado por las tropas turcas, y uno de los co-Emperadores fue capturado. A raíz de esta debacle, los Bizantinos debieron ceder la mayor parte de Asia Menor (hoy el núcleo de la nación turca) a los selyúcidas. Ahora había fuerzas musulmanas apostadas a escasos kilómetros de la misma Constantinopla. Por otra parte, los turcos también habían avanzado en dirección sur, hacia Siria y Palestina. Una a una las ciudades del Mediterráneo Oriental cayeron en sus manos, y en 1070, entraron en la Ciudad Santa, Jerusalén.


Estos dos hechos conmocionaron tanto a Europa  Occidental como a la Oriental. Ambos empezaron a temer que los turcos fueran a engullir lentamente al mundo cristiano, haciendo desaparecer su religión. Además, empezaron a llegar numerosos rumores acerca de torturas y otros horrores cometidos contra peregrinos en Jerusalén por las autoridades turcas. La paciencia iba a agotarse en algún momento.
En 1081, subió al trono Bizantino un general capaz, Alejo Comneno, que decidió hacer frente de manera enérgica al expansionismo turco.

 Alejo Comneno (Mosaico bizantino, Santa Sofia Stambul)

Pero pronto se dio cuenta de que no podría hacer el trabajo solo, por lo que inició acercamientos con Occidente. Alejo envió emisarios a hablar directamente con el papa Urbano II, para pedirle su intercesión en el reclutamiento de los mercenarios.
Rescatar Tierra Santa de los infieles y restablecer la seguridad en las rutas de peregrinación  fue solamente una excusa. Las causas verdaderas de las cruzadas son sociales, políticas y económicas. El factor religioso fue simplemente un pretexto para arrastrar  a la guerra santa a una muchedumbre de personas de toda condición social  que se sintió fascinada por la empresa de ganar para la fe de Cristo los Santos Lugares. Europa se había convertido en un campo de batalla incesante, con conflictos y guerras infinitas. La intención era unir a las facciones feudales contra el enemigo común para así mitigar el riesgo de nuevas guerras y reorganizar los recursos y las energías exclusivamente contra los musulmanes. Llevar la guerra a los infieles era una contienda digna de llevarse a cabo. Así lo proclamó el propio Papa Urbano II en una indulgencia plenaria, la primera de este tipo, en favor de todos aquellos que combatieran al pagano. Para el hombre medieval, muy temeroso de las llamas del infierno y el purgatorio, esta indulgencia fue un motivo muy poderoso para unirse a la Cruzada.
El 18 de noviembre  de 1085 comenzaron las sesiones del concilio que el papa Urbano II  había convocado en  Cleremont  (Francia). Los prelados  y miembros de la alta nobleza  asistentes fueron tan numerosos  que no cabían en la catedral y la  asamblea hubo de trasladarse al aire libre. El Concilio sancionó la  cruzada y rápidamente legados  pontificios recorrieron los reinos  latinos informando a prelados y gobernantes

Papa urbano II promotor de la primera cruzada.

El pueblo acogió el proyecto con fanático entusiasmo. Al grito de Deus volt, Deus volt  (Dios lo quiere, Dios lo quiere), una muchedumbre de toda condición se dispuso  alegremente a participar en la aventura. Los peregrinos  cosían sobre el hombro derecho de sus mantos o túnicas el distintivo de una cruz de trapo rojo.  La respuesta a la exhortación del pontífice fue más allá de todo cuanto podía esperarse; príncipes, nobles, caballeros,  pueblo llano acudían a tomar la cruz para marchar a Jerusalén. Los cruzados debían estar preparados para salir de sus respectivos países el día  de la asunción del año 1096 y partir hacia Constantinopla, donde debían concentrarse todos. El papa  puso al mando de la expedición al obispo de Puy,  Ademar de Monteil.   

Miniatura medieval de Ademar de Monteil, con la mitra, empuñando la lanza del destino en una batalla de la Primera Cruzada

Entre el pueblo llano, la respuesta fue rápida y pronto comenzaron a reunirse bajo la dirección de Pedro el Ermitaño, que sin esperar al 15 de Agosto se puso en marcha hacia Oriente en abril de 1096. Esta expedición popular, en la que  no faltaban mujeres y hasta niños, además de resultar militarmente inútil, constituía un enorme estorbo; después de cruzar por Belgrado, Sofía y Constantinopla, atravesaron el Bósforo para acabar aniquilados el 21 de octubre siguiente en la matanza de Civetot, cerca de Nicea. Una muchedumbre sin disciplina, entrenamiento ni equipamiento adecuado no podía tener otro fin. Esta fue llamada la cruzada de los pobres, y se pude considerar la primera cruzada, ya que fue en vanguardia de la cruzada de los nobles, sobre esto ya os pondré una entrada aparte ampliando el tema.

Cruzada de los pobres

Mucho más organizada fue la llamada Cruzada de los príncipes (denominada habitualmente en la historiografía como la Primera Cruzada), formada por una serie de contingentes armados procedentes principalmente de Francia, Países Bajos y el reino normando de Sicilia. Estos grupos iban dirigidos por segundones de la nobleza, como Godofredo de Bouillón, Raimundo de Tolosa y Bohemundo de Tarento, que se pusieron en camino en agosto de 1096, y en otoño e invierno de este año y primeros meses de 1097 fueron llegando a Constantinopla. Reunida ya la totalidad de la hueste, el 6 de mayo llegaban ante las murallas de Nicea que, asediada enérgicamente, se rendía el 19 de junio. Desde Nicea, los cruzados se adentraron en Asia Menor. El 20 de octubre de llegaron a Antioquia cuyo asedio duró hasta junio de 1098.

Todavía esperaba a los cruzados un año  completo antes de que,  vencidas todas las  resistencias y pasando  por Beirut, Sidón y  Cesarea, lograsen  alcanzar por fin los  muros de Jerusalén, que  fue conquistada el 15 de  julio de 1099. La cruzada había alcanzado su  objetivo. Jerusalén.

Batalla a las puertas de Jerusalem

Jerusalem habia sido reintegrada a la cristiandad el  camino a los peregrinos había quedado abierto, aunque el precio pagado había sido altísimo en vidas. Ahora urgía fijar la forma de gobierno en la Ciudad Santa y del territorio que iba a depender de la misma y la designación de un rey.

Cuatro eran los príncipes cruzados  que podían aspirar a es dignidad: Raimundo  de Tolosa, Godofredo de Lorena, Roberto  de Flandes y Roberto de Normandía.  Godofredo fue el elegido cambiando el  título de rey por el de Advocatus Sancti  Sepulchri (“Defensor del Santo Sepulcro”).

Había nacido el reino de Jerusalén. Pero eso ya es otra historia.


Fuente: Biblioteca pública de Cuenca.